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Comer y beber parecen la parte sencilla del cuidado. Sin embargo, pueden deteriorarse durante meses sin que nadie lo note. Mirar cómo come, cuánto toma y cómo transcurre el día revela mucho.

Preguntar “¿comiste?” no basta. Siéntese a observar una comida completa una vez.
No cambie toda la alimentación de golpe salvo indicación médica. Muchas personas comen mejor lo que reconocen.
Puede ser dolor en la boca, miedo a atragantarse, cansancio, soledad o dificultad para usar las manos. El ajuste va por la capacidad, no solo por el menú.
Tomar poco líquido puede contribuir a mareos, confusión, estreñimiento, debilidad, infecciones urinarias y caídas.
Puede causar dolor, náusea, pérdida de apetito, agitación, confusión y debilidad.
Se vuelve más probable con menos movimiento, poca agua, poca fibra y algunos medicamentos.
Consulte si pasan varios días sin evacuar o aparece dolor fuerte, vómitos, barriga dura o hinchada.
Una bandeja frente al televisor puede funcionar algunos días. Como rutina permanente, puede apagar el apetito. A veces diez minutos de compañía hacen que coma más y tome más agua.
Quince minutos pueden convertir lo que usted sabe en una guía que cualquier otra persona pueda seguir.
Dormir mal afecta memoria, ánimo, dolor, equilibrio y apetito. La noche se prepara de día.
En vez de “¿por qué no coopera?”, pregunte “¿qué está pasando?”.
“Veo que no quieres comer ahora, ¿te duele algo?”
“¿Prefieres algo más suave?”
“¿Descansamos diez minutos y volvemos a intentar?”
Al terminar esta etapa debería saber qué comidas tolera mejor, cómo mastica y traga, cómo ofrecer agua, cómo está la noche y cuál es su día básico.
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