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El terremoto de Venezuela y los adultos mayores: lo que Puerto Rico debe aprender antes de la próxima emergencia
Los terremotos recientes en Venezuela han dejado una imagen difícil de ignorar: edificios colapsados, familias desplazadas, personas viviendo en refugios improvisados, escasez de agua, problemas de higiene, interrupciones en servicios esenciales y comunidades enteras tratando de sobrevivir después de perder su estabilidad en cuestión de segundos.
Según reportes recientes, el norte de Venezuela fue afectado por dos terremotos fuertes el 24 de junio de 2026, de magnitud 7.2 y 7.5, ocurridos con muy poca diferencia de tiempo entre uno y otro. El Servicio Geológico de Estados Unidos también indicó que los movimientos pudieron provocar deslizamientos significativos en algunas áreas. Medios internacionales han reportado miles de personas desplazadas, edificios colapsados, problemas de acceso a agua limpia, saneamiento e higiene en zonas afectadas como La Guaira.
Pero más allá de los números, hay una pregunta que Puerto Rico debe hacerse con seriedad:
¿Qué pasaría con nuestros adultos mayores si una emergencia similar ocurriera aquí?
Puerto Rico conoce muy bien lo que significa vivir entre huracanes, apagones, inundaciones, terremotos, interrupciones de agua y servicios médicos sobrecargados. Sin embargo, muchas familias todavía no tienen un plan claro para proteger a sus adultos mayores cuando ocurre una emergencia repentina.
Y esa es una de las lecciones más importantes que nos deja Venezuela: una emergencia no comienza cuando llega la ayuda. Comienza en el primer minuto, cuando la familia tiene que decidir qué hacer, cómo moverse, a quién llamar, qué medicamentos llevar, dónde refugiarse y cómo proteger a una persona vulnerable.
Para un adulto mayor, esos primeros minutos pueden marcar la diferencia entre seguridad y crisis.
Un terremoto no da tiempo para organizarse
A diferencia de un huracán, un terremoto no avisa con días de anticipación. No hay una trayectoria que seguir en el mapa. No hay tiempo para llenar gasolina, comprar agua, buscar medicamentos o llamar a todos los familiares para decidir qué hacer.
El terremoto ocurre. La casa se mueve. Los objetos caen. Las puertas pueden trancarse. La electricidad puede irse. El agua puede interrumpirse. Las comunicaciones pueden fallar. El adulto mayor puede caerse, desorientarse, entrar en pánico o quedar atrapado sin saber qué hacer.
Por eso, en el cuidado de adultos mayores, la preparación para terremotos tiene que ocurrir antes. No cuando ya todo está temblando. No cuando ya la familia está asustada. No cuando el cuidador está tratando de levantar a una persona del piso. No cuando el teléfono no tiene señal.
Tiene que ocurrir en tiempos de calma.
Muchas familias piensan: “Si pasa algo, resolvemos.” Pero en una emergencia real, resolver sin plan casi siempre significa improvisar bajo miedo, cansancio y presión. Y cuando se cuida a una persona mayor, improvisar puede ser peligroso.
El adulto mayor no enfrenta una emergencia como una persona joven
Una persona joven puede salir corriendo, bajar escaleras, cargar una mochila, dormir en un carro, esperar horas en una fila, bañarse con poca agua o adaptarse rápidamente a un refugio incómodo. Pero un adulto mayor frágil puede no tener esa capacidad.
Puede usar bastón, andador o silla de ruedas. Puede depender de oxígeno, pañales, medicamentos, insulina, cama ajustable, nebulizador o equipo médico. Puede tener demencia, problemas auditivos, visión limitada, dolor crónico, artritis, diabetes, enfermedad renal, problemas cardíacos o movilidad reducida.
Durante un terremoto, todo eso importa.
Una persona con demencia puede no entender por qué todos gritan o por qué hay que salir de la casa. Puede resistirse a moverse. Puede esconderse. Puede alterarse emocionalmente. Una persona encamada no puede simplemente “salir rápido”. Una persona con Parkinson puede congelarse o perder balance. Una persona con osteoporosis puede fracturarse con una caída menor. Una persona que toma anticoagulantes puede tener complicaciones más serias si se golpea.
Por eso, cuando hablamos de preparación, no estamos hablando solamente de tener linternas y botellas de agua. Estamos hablando de adaptar el plan a la realidad física, mental y médica del adulto mayor.
La emergencia no termina cuando deja de temblar
Una de las lecciones más duras de los terremotos es que el impacto no termina cuando el suelo se detiene. De hecho, para muchos adultos mayores, el verdadero peligro comienza después.
Después del terremoto pueden venir réplicas. Puede haber grietas en paredes, escaleras inestables, elevadores fuera de servicio, cristales rotos, fugas de gas, calles bloqueadas, hospitales saturados, falta de agua, interrupción eléctrica y pérdida de medicamentos o documentos.
En Venezuela, los reportes posteriores al terremoto han señalado problemas serios de agua, saneamiento e higiene entre personas desplazadas, con familias viviendo en refugios, espacios públicos o al aire libre. Esa parte debe preocuparnos especialmente cuando pensamos en adultos mayores.
¿Por qué?
Porque un adulto mayor no solo necesita sobrevivir al movimiento inicial. También necesita:
Tomar sus medicamentos.
Mantenerse hidratado.
Evitar infecciones.
Tener acceso a baño o limpieza.
Comer de forma segura.
Dormir en una posición que no empeore dolores o problemas respiratorios.
Evitar caídas en espacios desconocidos.
Mantener sus rutinas lo más estables posible.
Recibir orientación si está confundido.
Tener a alguien que conozca su historial médico.
Si todo eso falla, la emergencia se convierte en una cadena de deterioro.
Un adulto mayor que pasa una noche en el piso puede despertar con dolor severo o incapacidad para levantarse. Una persona que no toma sus medicamentos por dos días puede descompensarse. Una persona que no bebe suficiente agua puede deshidratarse. Una persona con demencia puede desorientarse y perderse. Una persona encamada que no recibe higiene adecuada puede desarrollar lesiones en la piel.
Por eso, el plan debe mirar más allá del terremoto. Debe mirar las primeras 72 horas.
La mochila de emergencia debe ser diferente cuando hay un adulto mayor
Muchas listas de emergencia son generales. Agua, comida, linterna, radio, baterías, documentos, botiquín. Todo eso es importante. Pero cuando hay un adulto mayor en la casa, la mochila o caja de emergencia tiene que ser más específica.
No basta con tener “medicamentos”. Hay que saber cuáles, para qué son, en qué dosis se toman y a qué hora. No basta con tener “documentos”. Hay que tener copia de identificación, plan médico, lista de condiciones, alergias, contactos médicos, contacto familiar y órdenes importantes si existen. No basta con tener “comida”. Hay que considerar si la persona puede masticar, si es diabética, si necesita dieta baja en sal, si usa espesantes para líquidos o si tiene problemas para tragar.
Una mochila de emergencia para un adulto mayor debe incluir, según aplique:
Lista actualizada de medicamentos.
Dosis y horarios.
Nombre de médicos principales.
Diagnósticos importantes.
Alergias.
Copia de identificación y tarjeta del plan médico.
Contactos de emergencia.
Gafas adicionales si es posible.
Audífonos o baterías para audífonos.
Pañales de adulto.
Toallitas húmedas.
Guantes desechables.
Mascarillas.
Medicamentos para varios días si es posible.
Meriendas seguras.
Agua.
Linterna.
Batería externa para celular.
Cargadores.
Pequeña manta.
Cambio de ropa.
Artículos de higiene personal.
Copia de llaves.
Silbato o forma de pedir ayuda.
Foto reciente del adulto mayor.
En casos de demencia, también puede ser útil incluir una tarjeta sencilla que diga: “Tengo problemas de memoria. Por favor llame a…” junto con el nombre y teléfono del cuidador principal.
Esto no es exageración. Es preparación responsable.
El checklist familiar evita decisiones bajo pánico
Una de las mejores herramientas para una familia cuidadora no es complicada ni costosa. Es un checklist.
Un checklist convierte el caos en pasos. En medio del miedo, cuando todos hablan a la vez y nadie sabe qué hacer, una lista escrita puede ayudar a recordar lo esencial.
El checklist debe responder preguntas concretas:
¿Quién busca al adulto mayor?
¿Quién agarra la mochila de emergencia?
¿Quién lleva los medicamentos?
¿Quién llama a los familiares?
¿Dónde se encontrarán si la casa no es segura?
¿Cuál es la salida más segura?
¿Qué vecino puede ayudar?
¿Qué se hace si el cuidador principal no está en la casa?
¿Qué se hace si no hay señal de celular?
¿Qué hospital o CDT queda más cerca?
¿Dónde están los documentos médicos?
¿Quién tiene copia de las llaves?
¿Dónde se guarda la linterna?
¿Qué se hace si hay que evacuar en silla de ruedas?
¿Qué se hace si el elevador no funciona?
Estas preguntas parecen simples hasta que ocurre una emergencia. Entonces se vuelven urgentes.
El problema es que muchas familias nunca las han hablado. Todos asumen que alguien sabrá qué hacer. Pero en la práctica, cuando ocurre una crisis, cada persona puede pensar algo distinto. Un familiar quiere llevar al adulto mayor al hospital. Otro quiere quedarse en la casa. Otro no contesta el teléfono. Otro no sabe dónde están los medicamentos. Otro no sabe qué condiciones tiene la persona.
La falta de plan crea conflicto. El conflicto crea demora. Y la demora puede aumentar el riesgo.
Las familias deben practicar el plan, no solo escribirlo
Tener una lista guardada en una gaveta ayuda, pero no es suficiente. La familia debe revisar el plan y practicarlo de forma sencilla.
No tiene que ser un simulacro complicado. Puede ser una conversación familiar de 20 minutos. Puede ser caminar por la casa y verificar salidas. Puede ser revisar si hay muebles que podrían bloquear el paso. Puede ser confirmar si el adulto mayor puede levantarse rápidamente de la cama. Puede ser probar si la silla de ruedas pasa por la puerta. Puede ser enseñar a un vecino dónde está la llave.
Estas pequeñas acciones pueden revelar problemas antes de que ocurra la emergencia.
Tal vez la mochila está en un clóset difícil de alcanzar. Tal vez los medicamentos están regados en diferentes lugares. Tal vez nadie sabe cómo desconectar el gas. Tal vez el andador está lejos de la cama. Tal vez hay una alfombra que podría causar una caída. Tal vez el adulto mayor no escucha bien las instrucciones. Tal vez el cuidador no puede levantarlo solo.
Es mejor descubrir eso un domingo tranquilo que durante un terremoto de madrugada.
El hogar también debe prepararse
La preparación no es solo documentos y mochilas. También es seguridad física dentro del hogar.
En una casa donde vive un adulto mayor, especialmente si hay movilidad limitada, se deben revisar los riesgos que podrían empeorar durante un terremoto.
Muebles altos sin asegurar.
Estantes pesados.
Televisores mal colocados.
Espejos grandes.
Cuadros sobre la cama.
Cristales cerca de áreas de paso.
Lámparas inestables.
Objetos pesados en tablillas altas.
Camas pegadas a ventanas.
Pasillos bloqueados.
Alfombras sueltas.
Cables en el piso.
Durante un terremoto, cualquiera de estos elementos puede convertirse en peligro. Y después del terremoto, el adulto mayor puede tropezar con objetos caídos, vidrios o muebles movidos.
La pregunta no debe ser: “¿La casa se ve bonita?” La pregunta debe ser: “¿Esta casa permite que una persona mayor se mueva con seguridad si todo se sacude?”
Los adultos mayores que viven solos necesitan una red
Una de las realidades más preocupantes en Puerto Rico es la cantidad de adultos mayores que viven solos o con apoyo limitado. Algunos tienen hijos fuera del país. Otros tienen familiares cerca, pero no disponibles. Otros dependen de vecinos. Otros no quieren “molestar” y no piden ayuda.
En una emergencia como un terremoto, vivir solo multiplica el riesgo.
Por eso, cada familia debe identificar a sus adultos mayores vulnerables antes de la emergencia. No basta con llamar después. Si las comunicaciones fallan, puede ser tarde.
Debe existir una red mínima:
Un vecino que pueda tocar la puerta.
Un familiar con copia de llave.
Una persona encargada de llamar.
Otra persona encargada de visitar si no contesta.
Un punto de encuentro.
Una copia de la información médica.
Un plan si hay que moverlo de la casa.
Esto es especialmente importante para adultos mayores con problemas de memoria, movilidad limitada, dependencia de medicamentos o condiciones que pueden empeorar rápidamente.
Cada comunidad también debería hacerse esta pregunta: ¿quiénes son los adultos mayores que necesitarían ayuda si ocurre un terremoto hoy?
La respuesta no puede buscarse después del desastre. Debe conocerse antes.
Cuidar al cuidador también forma parte del plan
En muchas casas, el adulto mayor depende de una sola persona. Esa persona puede ser una hija, un hijo, una esposa, un esposo, una nieta, un vecino o un cuidador contratado. Pero si esa persona se lastima, se enferma, se queda incomunicada o no puede llegar, el adulto mayor queda en riesgo.
Por eso, el plan no debe depender de una sola persona.
Debe haber un cuidador alterno. Debe haber alguien más que conozca los medicamentos. Alguien más debe saber dónde están los documentos. Alguien más debe tener los teléfonos importantes. Alguien más debe poder entrar a la casa.
En una emergencia, el cuidador principal también puede estar asustado, lesionado o emocionalmente sobrecargado. Preparar una red no significa desconfiar del cuidador. Significa protegerlo también.
La preparación no elimina el desastre, pero reduce el abandono
Los terremotos nos recuerdan algo incómodo: hay situaciones que no podemos controlar. No podemos detener el movimiento de la tierra. No podemos garantizar que nunca falte agua. No podemos evitar todos los daños. No podemos prometer que los servicios responderán inmediatamente.
Pero sí podemos reducir el abandono, la confusión y la improvisación.
Podemos tener una lista de medicamentos.
Podemos preparar una mochila.
Podemos hablar con vecinos.
Podemos asegurar muebles.
Podemos identificar salidas.
Podemos guardar documentos.
Podemos tener agua.
Podemos revisar el plan cada cierto tiempo.
Podemos decidir quién hace qué.
Podemos preparar al adulto mayor con calma.
Podemos evitar que la primera conversación sobre una emergencia ocurra durante la emergencia.
Esa es la lección más importante.
Lo que Puerto Rico debe aprender
El terremoto de Venezuela no debe verse como una tragedia lejana. Debe verse como una advertencia cercana. Puerto Rico también es vulnerable a terremotos, apagones, huracanes, inundaciones, interrupciones de agua y fallas de infraestructura. Y nuestra población adulta mayor necesita planes más claros, más humanos y más realistas.
No se trata de vivir con miedo. Se trata de cuidar con responsabilidad.
Cada familia que tiene un adulto mayor debe preguntarse hoy:
¿Tenemos medicamentos suficientes?
¿Sabemos qué hacer si la casa no es segura?
¿Tenemos documentos accesibles?
¿Tenemos una mochila preparada?
¿Sabemos cómo mover al adulto mayor si no puede caminar?
¿Alguien más conoce el plan?
¿El vecino sabe que aquí vive una persona vulnerable?
¿Tenemos agua y artículos de higiene?
¿Sabemos qué señales médicas no debemos ignorar?
¿Tenemos una lista escrita o todo depende de la memoria?
La memoria falla. El celular se descarga. La señal se cae. La ansiedad confunde. Pero un plan escrito ayuda.
En el cuidado de adultos mayores, prepararse es un acto de amor
Muchas familias asocian la preparación con miedo, exageración o pesimismo. Pero en realidad, prepararse es una forma concreta de amor.
Es decirle al adulto mayor: “Pensamos en ti antes de que ocurriera la crisis.”
Es decirle al cuidador: “No tienes que cargar solo con todo.”
Es decirle a la familia: “No vamos a improvisar en el peor momento.”
Y es decirle a la comunidad: “Nuestros adultos mayores no pueden quedar invisibles cuando ocurre una emergencia.”
El terremoto de Venezuela nos muestra lo rápido que una vida normal puede convertirse en refugio, filas, falta de agua, pérdida de vivienda y búsqueda desesperada de ayuda. Para los adultos mayores, esa transición puede ser aún más dura.
Por eso, Puerto Rico debe mirar esta tragedia con compasión, pero también con acción.
El mejor momento para preparar un plan fue ayer.
El segundo mejor momento es hoy.
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