Actividades para adultos mayores: por qué son esenciales en los hogares de Puerto Rico

Pasar el día sentado frente al televisor no debe convertirse en la rutina de nuestros adultos mayores. La actividad, conversación y propósito también forman parte del buen cuidado.

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Más que sentarlos frente al televisor: por qué mantener activos física y mentalmente a nuestros adultos mayores es parte esencial del cuidado

Cuando pensamos en un buen hogar para adultos mayores, solemos comenzar por lo más evidente: ¿está limpio?, ¿recibe sus medicamentos?, ¿come bien?, ¿lo bañan?, ¿hay alguien pendiente durante la noche?, ¿está seguro? Todas esas preguntas son importantes. Son indispensables. Pero hay otra pregunta que quizás hacemos con mucha menos frecuencia y que puede decir muchísimo sobre la calidad de vida de una persona dentro de un hogar: ¿qué hace esa persona durante todas las horas que permanece despierta?

Porque cuidar a un adulto mayor no puede limitarse únicamente a mantenerlo alimentado, limpio, medicado y protegido de una caída. Una persona puede estar perfectamente aseada, haber tomado todos sus medicamentos a tiempo, haber desayunado y almorzado correctamente y, aun así, estar pasando sus días en una profunda monotonía: sentada, esperando, mirando una televisión que quizás ni siquiera escogió y viendo pasar una mañana detrás de otra. Y eso también importa.

El cuerpo puede estar cuidado mientras la persona se va apagando por dentro

Imaginemos por un momento lo que significa vivir así. Son las ocho de la mañana. Desayuna y luego lo llevan a una silla o a un sofá. Encienden el televisor. Pasan dos horas. Llega una merienda y continúa el televisor. Más tarde llega el almuerzo y, después de comer, regresa nuevamente al mismo sillón. Más televisión. Quizás alguien pasa por el área, le acomoda una almohada o le pregunta si necesita algo. Entonces llega la tarde, pero sigue siendo la misma habitación, la misma pared y la misma silla. Finalmente llega la cena. Y mañana probablemente será muy parecido.

Una semana puede convertirse fácilmente en un mes, y un mes puede convertirse en años. Para quienes todavía vivimos entrando y saliendo de nuestras casas, conduciendo, trabajando, cocinando, hablando por teléfono, haciendo diligencias, visitando familiares, entrando a internet, resolviendo problemas y tomando decisiones constantemente, es difícil comprender lo que significa que nuestro mundo se reduzca repentinamente a cuatro paredes.

El problema no es simplemente el aburrimiento. El problema es perder poco a poco la sensación de que todavía participamos de nuestra propia vida. Hay algo profundamente humano que necesita mucho más que alimento. Necesitamos anticipar algo, conversar, decidir, recordar, reírnos, utilizar nuestras manos, mover el cuerpo dentro de nuestras posibilidades y sentir que alguien quiere escuchar lo que tenemos que decir. Necesitamos, sobre todo, seguir sintiendo que somos personas y no simplemente pacientes que deben ser atendidos.

El televisor no es el enemigo

Es importante dejar esto claro porque no hay nada malo con ver televisión. Para muchos adultos mayores, un programa favorito, una novela, las noticias, un juego de pelota, una película antigua o un programa religioso puede ser entretenido, reconfortante e incluso una manera de conectarse con recuerdos de otras épocas.

El problema aparece cuando el televisor deja de ser una actividad entre muchas y se convierte prácticamente en la actividad del día entero. Una televisión encendida puede llenar una habitación de ruido sin llenar la vida de quien está sentado frente a ella. Estar rodeado de voces que salen de una pantalla no necesariamente significa sentirse acompañado, y permanecer despierto durante diez o doce horas tampoco significa estar realmente participando del día.

Nuestro cerebro necesita continuar recibiendo estímulos

El envejecimiento puede traer cambios físicos y cognitivos, pero eso no significa que desaparezca nuestra necesidad de recibir estímulos. Conversar, escuchar música, recordar historias, participar en juegos sencillos, observar fotografías, dibujar, clasificar objetos, ayudar con una tarea, caminar, cuidar una planta o participar de una actividad grupal obliga al cerebro a responder al mundo que lo rodea. Escuchamos, recordamos, elegimos, respondemos, coordinamos, imaginamos, reconocemos y tomamos pequeñas decisiones.

La Organización Mundial de la Salud señala que las actividades sociales significativas pueden mejorar la salud mental, la satisfacción con la vida y la calidad de vida de las personas mayores, además de ayudar a reducir síntomas depresivos. Entre los ejemplos menciona actividades artísticas, recreativas, educativas, grupos comunitarios y otras oportunidades de interacción social.

Las investigaciones realizadas en instituciones de cuidado prolongado también están haciendo una distinción importante: no se trata simplemente de mantener ocupados a los residentes. La actividad tiene mucho más valor cuando significa algo para la persona que participa en ella. Debe tomar en consideración quién es ese adulto mayor, qué disfrutaba anteriormente, qué capacidades conserva y qué cosas todavía despiertan su interés.

No necesitamos entretener a un adulto mayor como si fuera un niño

Uno de los errores que podemos cometer cuando pensamos en actividades para adultos mayores es olvidar quién tenemos frente a nosotros. Quizás hoy vemos a una señora de 87 años que necesita ayuda para caminar, pero esa mujer pudo haber sido maestra durante cuarenta años, haber criado cinco hijos, administrado una casa, preparado cientos de cenas navideñas, sobrevivido huracanes, enterrado seres queridos, cuidado nietos y tomado miles de decisiones importantes a lo largo de su vida.

Quizás el señor sentado junto a ella trabajó durante décadas como carpintero. Otro fue agricultor, militar, mecánico, músico o comerciante. Otro pudo haber sido el padre y abuelo al que durante años toda la familia acudía cuando necesitaba consejo. La vejez no borra ninguna de esas historias.

Por eso una buena actividad para adultos mayores no necesariamente tiene que ser sofisticada ni costosa. Tiene que respetarlos. A veces el estímulo más poderoso puede comenzar sencillamente preguntando: “Don José, ¿cómo hacían esto cuando usted era joven?” Y de repente aquel hombre que llevaba una hora mirando hacia una pared tiene algo que contar. Tiene una experiencia que compartir. Tiene conocimientos que alguien quiere escuchar. Eso también es cuidado.

La soledad puede existir incluso cuando hay veinte personas en la habitación

Estar acompañado físicamente no es necesariamente lo mismo que estar conectado con otras personas. Un adulto mayor puede vivir dentro de una residencia llena de residentes y empleados y sentirse profundamente solo. La Organización Mundial de la Salud reconoce el aislamiento social y la soledad como factores importantes que afectan la salud física, la salud mental, la calidad de vida y el bienestar de los adultos mayores.

Esto tiene implicaciones importantes para los hogares de cuidado prolongado. No basta con juntar diez sillas en una sala y colocar un televisor frente a ellas. Hay que crear oportunidades para que algo ocurra entre las personas sentadas en esas sillas: una conversación, una canción que todos reconocen, una fotografía antigua que despierte recuerdos, una pregunta interesante, un juego, una historia, una celebración o una tarea sencilla que permita participar.

El objetivo no necesariamente tiene que ser producir grandes momentos de entretenimiento. A veces simplemente queremos darles una razón para mirarse unos a otros, hablar entre ellos y relacionarse con alguien real en lugar de permanecer durante horas mirando hacia una pantalla.

Mientras la mente espera, el cuerpo también pasa factura

Existe además un componente físico que no debemos ignorar. Pasar grandes cantidades de tiempo sentado o acostado mientras se está despierto es precisamente lo que las guías de salud describen como comportamiento sedentario. La Organización Mundial de la Salud recomienda que las personas mayores limiten el tiempo sedentario y señala que sustituir parte de ese tiempo por actividad física, incluso de intensidad ligera, puede producir beneficios para la salud.

Eso no significa poner a caminar sin supervisión a una persona que tiene riesgo de caídas ni exigirle ejercicio a alguien con una condición médica que limita significativamente su capacidad. Actividad no significa necesariamente ejercicio intenso.

Dependiendo de las capacidades individuales y de las recomendaciones de sus profesionales de salud, actividad puede significar levantarse de la silla con asistencia, caminar algunos pasos, mover brazos y piernas mientras permanece sentado, lanzar suavemente una pelota, participar en movimientos acompañados por música, regar una planta, doblar algunas toallas, ayudar a colocar objetos sobre una mesa o simplemente cambiar de posición periódicamente y participar de una manera más activa de su entorno.

La actividad siempre debe adaptarse a la persona. Cada residente tiene capacidades, limitaciones y condiciones de salud distintas. Pero entre obligar a alguien a realizar actividades que no puede hacer y dejarlo prácticamente inmóvil durante todo el día existe un enorme espacio en el cual podemos mejorar.

Las actividades no tienen que costar mucho dinero

Este punto es especialmente importante para Puerto Rico. Sabemos que muchos hogares de adultos mayores trabajan con recursos limitados y que no todos pueden contar con terapeutas recreativos, gimnasios, enormes patios, salones especializados o programas costosos. Pero crear una vida cotidiana más estimulante no necesariamente requiere grandes inversiones. Muchísimas actividades pueden desarrollarse con cosas que ya existen y con algo todavía más valioso: tiempo, imaginación y disposición para escuchar.

Una conversación puede convertirse en una actividad

Una persona del hogar puede escoger un tema diferente cada día y comenzar sencillamente preguntando: “¿Cuál era su comida favorita cuando era niño?”, “¿Cómo celebraban la Navidad en su casa?”, “¿Quién le enseñó a cocinar?”, “¿Dónde estaba cuando pasó el huracán Hugo?” o “¿Cuál fue su primer trabajo?”

En Puerto Rico tenemos una extraordinaria ventaja: nuestros adultos mayores poseen una memoria histórica que no está escrita completamente en ningún libro. Conocieron un Puerto Rico diferente. Vivieron cambios sociales enormes. Recuerdan pueblos antes de los grandes centros comerciales, fiestas patronales de otras épocas, las primeras televisiones que llegaron a sus comunidades, antiguas carreteras, huracanes que marcaron generaciones, viejas canciones, trabajos que casi han desaparecido y tradiciones familiares que quizás las generaciones más jóvenes nunca conocieron.

Preguntarles es estimularlos, pero también es honrarlos.

La música puede despertar una habitación

Pocas cosas pueden transformar tan rápidamente una habitación como una canción conocida. Puede ser un bolero, un trío, una danza puertorriqueña, salsa, música jíbara, un himno religioso o simplemente una canción que formó parte de su juventud.

No tiene que existir un programa elaborado. A veces basta con apagar el televisor durante media hora, poner música que ellos conozcan y permitir que ocurra lo que ocurra. Alguien posiblemente comenzará a cantar. Otro marcará el ritmo con la mano. Otro recordará dónde escuchó aquella canción por primera vez. Y quizás una persona que llevaba horas prácticamente sin hablar encuentre, de repente, algo que quiere compartir.

Las fotografías pueden abrir puertas a los recuerdos

Fotografías antiguas de Puerto Rico también pueden iniciar conversaciones extraordinarias. Una plaza de pueblo, un automóvil antiguo, una escuela, una playa, una cocina de campo, una fiesta, un viejo equipo de béisbol o una fotografía de San Juan pueden convertirse fácilmente en el comienzo de una historia.

No hace falta que el residente recuerde exactamente el nombre del lugar, la fecha o quién aparece en la fotografía. El objetivo no es examinar su memoria ni demostrar lo que recuerda o lo que ha olvidado. El objetivo es invitarlo a participar.

Dar pequeñas responsabilidades también puede devolver propósito

Existe una enorme diferencia emocional entre pensar “yo estoy aquí porque ya no puedo hacer nada” y pensar “todavía hay algo en lo que puedo ayudar”. Una residente podría ayudar a doblar servilletas, otra escoger las canciones de esa tarde, alguien podría ayudar a regar las plantas, otra persona contar cuántos vasos hacen falta para una actividad y otro residente decidir cuál actividad se realizará al día siguiente.

Puede que un empleado realice cualquiera de esas tareas diez veces más rápido, pero la eficiencia no siempre debe ser el objetivo. A veces el propósito de una tarea no es terminarla rápido. A veces el propósito de una tarea es devolverle propósito a una persona.

También debemos permitirles escoger

La capacidad de decidir es una de las cosas que más fácilmente puede desaparecer cuando una persona entra a cuidado prolongado. Poco a poco otras personas pueden comenzar a decidir a qué hora se levanta, qué come, dónde se sienta, cuándo se baña, qué programa se ve, cuándo sale y qué hará durante el día.

Muchas decisiones necesariamente tienen que organizarse alrededor del funcionamiento de un hogar, y eso es comprensible. Pero precisamente por esa razón debemos proteger las pequeñas decisiones que todavía pueden permanecer en manos del residente. Preguntar “¿quiere escuchar música o salir al patio?”, “¿prefiere pintar o jugar dominó?”, “¿quiere sentarse aquí o allá?”, “¿qué música quiere escuchar?” o simplemente “¿quiere participar hoy?” puede parecer algo pequeño, pero conserva una parte importante de su autonomía.

Incluso debemos respetar el derecho de una persona a responder que no. Participar voluntariamente también significa seguir teniendo cierto control sobre la propia vida.

¿Y qué ocurre con las personas con demencia?

Las personas que viven con demencia también necesitan conexión, aunque naturalmente las actividades tienen que adaptarse a sus capacidades cognitivas y físicas. Una actividad no tiene que producir un resultado perfecto para tener valor.

Una persona puede no recordar mañana que cantó una canción esta tarde, pero eso no significa que la alegría que experimentó mientras cantaba no haya existido. Puede no recordar quién la visitó, pero durante aquella visita pudo sentirse acompañada y querida. Puede no terminar correctamente una manualidad, pero quizás pasó veinte minutos tocando materiales, observando colores y relacionándose con otra persona.

No debemos medir toda experiencia por cuánto podrá recordarla posteriormente. Hay bienestar que ocurre en el presente. Y ese presente también merece ser cuidado.

Las familias también debemos hacer esta pregunta cuando visitamos un hogar

Cuando una familia evalúa hogares para un padre, una madre o algún otro familiar, naturalmente pregunta por medicamentos, alimentación, seguridad, supervisión y costos. Pero deberíamos acostumbrarnos también a hacer una pregunta muy sencilla: “¿Qué hacen los residentes durante el día?”

No basta con preguntar “¿tienen actividades?”, porque esa pregunta puede responderse fácilmente con un sí. Es mejor profundizar: “¿Qué hicieron ayer?”, “¿qué actividades hacen durante la semana?”, “¿los residentes salen al patio?”, “¿ponen música?”, “¿juegan dominó?”, “¿hacen ejercicios adaptados?”, “¿celebran cumpleaños?”, “¿pueden escoger actividades?”, “¿qué hacen con una persona que no puede caminar?” y “¿cómo incluyen a quienes tienen deterioro cognitivo?”

Las respuestas pueden decir muchísimo sobre la filosofía de cuidado de un hogar. Y en ocasiones observar durante diez o quince minutos cómo transcurre una tarde normal puede decir todavía más.

Un buen hogar no tiene que parecer un centro de entretenimiento

Tampoco debemos irnos al otro extremo. Una residencia para adultos mayores es un hogar, y debe haber momentos tranquilos. Hay personas que quieren dormir una siesta, personas que disfrutan sus novelas, residentes introvertidos, días sin grandes eventos y adultos mayores que simplemente desean estar tranquilos.

No necesitamos crear una fiesta desde las ocho de la mañana hasta las ocho de la noche. Lo importante es que exista vida alrededor de la rutina de cuidado: algo de movimiento, algo de conversación, alguna oportunidad de elegir, alguna pequeña sorpresa y algo que esperar.

Porque mantener a alguien con vida y ayudarlo a vivir no son exactamente lo mismo

Quizás esa sea la reflexión más importante de todas.

La medicina puede ayudar a mantener funcionando un corazón. Los medicamentos pueden controlar condiciones. Una buena alimentación sostiene el cuerpo. Una cama segura puede evitar accidentes. La higiene protege la salud y la dignidad. Todo eso forma parte indispensable del cuidado.

Pero el ser humano necesita algo más.

Necesita sentirse conectado. Necesita que alguien pronuncie su nombre con interés. Necesita tener historias que contar. Necesita sentir que sus preferencias todavía importan. Necesita reírse ocasionalmente, levantarse cuando puede, tocar, crear, escuchar, recordar, elegir y participar.

Porque existe una clase de deterioro que no siempre aparece en un expediente médico. Es el que ocurre cuando todos los días comienzan a parecer exactamente iguales; cuando ya no hay nada que esperar después del desayuno; cuando una silla termina convirtiéndose en el centro de nuestra existencia; cuando las únicas voces que escuchamos durante horas salen de una televisión; cuando sentimos que nadie necesita nuestra opinión y cuando las paredes que deberían protegernos terminan definiendo todo nuestro mundo.

Así es como una persona puede comenzar a apagarse aun estando rodeada de gente.

Y ninguna familia quiere eso para alguien que ama.

Puerto Rico puede cuidar mejor a sus adultos mayores

En Puerto Rico existen muchos hogares administrados por personas dedicadas que realizan un trabajo extraordinariamente difícil. Cuidar adultos mayores requiere paciencia, recursos, sacrificio y una enorme responsabilidad. Por eso esta conversación no debe convertirse en un ataque contra quienes cuidan. Debe convertirse en una invitación.

Especialmente para los hogares pequeños que quizás piensan que desarrollar actividades requiere mucho dinero, personal especializado o programas complejos.

Puede comenzar mañana con treinta minutos sin televisión y cinco residentes alrededor de una mesa. Puede comenzar con una canción de Felipe Rodríguez, una fotografía del Puerto Rico de 1950, una mata que necesita agua, un juego de dominó, una pelota liviana, una conversación o sencillamente una pregunta:

“Doña Carmen, cuénteme cómo era su pueblo cuando usted tenía veinte años.”

Y entonces escuchar.

Realmente escuchar.

Quizás descubramos algo importante. Detrás de algunas de esas personas que permanecen silenciosas en nuestros hogares todavía existe una maestra, una costurera, un agricultor, una enfermera, un veterano, una madre, un padre, un músico, un comerciante, una cocinera, una persona enamorada, alguien que hizo travesuras cuando era niño y alguien que alguna vez tuvo enormes sueños.

La edad puede haber debilitado el cuerpo y la enfermedad puede haber cambiado muchas cosas. Pero mientras esa persona esté con nosotros, su necesidad de sentirse humana continúa ahí.

No permitamos que la última etapa de una vida completa se convierta simplemente en esperar la próxima comida frente a un televisor.

Nuestros adultos mayores merecen estar seguros, recibir sus medicamentos, estar limpios y bien alimentados. Pero también merecen música, conversación, movimiento, curiosidad, decisiones, recuerdos, risas, compañía y razones, aunque sean pequeñas, para esperar con ilusión algo de mañana.

Eso también es cuidar.

Una reflexión personal

Quiero terminar este artículo hablando no como administrador de HogarDeAncianos.com, sino simplemente como hijo.

Mi papá vive en un hogar de adultos mayores. Está en hospicio. Hay días en que está débil, días en que habla poco y días en que uno no sabe exactamente cuánto está entendiendo de todo lo que ocurre a su alrededor.

Pero hace poco me compartieron un video donde mi padre se encontraba haciendo una actividad sencilla. Habían colocado una bolita en el piso y los residentes trataban de golpearla con unos tubos de espuma. Nada complicado. Nada costoso. Nada que uno miraría desde afuera y pensaría que es algo extraordinario.

Y ahí estaba mi papá, tratando de darle a la bola.

Por unos minutos pensé: quizás se le olvidó que está en hospicio.

Y qué bueno.

Porque durante esos minutos no era un paciente. No era el señor que necesitaba oxígeno, medicamentos o supervisión. Era simplemente un hombre jugando.

Eso me hizo pensar mucho.

Para nosotros, que salimos todos los días, manejamos, vemos personas distintas, vamos a tiendas, recibimos llamadas, resolvemos problemas y cambiamos constantemente de ambiente, una pequeña interrupción puede parecer insignificante.

Pero cuando una persona vive dentro del mismo lugar las veinticuatro horas del día, lo diferente adquiere otro valor.

Una canción puede cambiar una tarde.

Un globo flotando por una sala puede provocar veinte minutos de risas.

Una visita puede convertirse en el acontecimiento del día.

Un juego sencillo puede hacer que alguien que llevaba horas callado vuelva a participar.

Una conversación puede traer de regreso una historia que nadie había escuchado en años.

No todo tiene que ser una gran actividad organizada. No hace falta gastar mucho dinero. A veces lo que nuestros adultos mayores necesitan es simplemente que algo ocurra.

Algo que rompa la rutina.

Algo que les dé una razón para mirar hacia otro lado que no sea el televisor.

Algo que los haga reír, protestar, competir, cantar, recordar, preguntar o sorprenderse.

Algo que les recuerde, aunque sea por unos minutos:

“Todavía estoy aquí.”

Después de ver a mi papá intentando golpear aquella bolita, entendí mejor lo que quería decir con todo este artículo.

No se trata solamente de mantener ocupados a nuestros viejos.

Se trata de continuar dándoles momentos de vida.

Y algunas veces, los momentos más pequeños son los que terminan significando más.

Iván.

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Ivan Cordero

Ivan Cordero

Soy el propietario de HogarDeAncianos.com, una plataforma dedicada a orientar a las familias en Puerto Rico sobre el cuidado de adultos mayores. El sitio ofrece artículos educativos, recursos prácticos, herramientas de apoyo y un directorio de hogares de ancianos y servicios relacionados, con el propósito de ayudar a las familias a tomar decisiones con más información, calma y claridad.

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